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San Esteban de Gormaz

 
Leyendas

   Desde mediados del siglo IX, San Esteban de Gormaz adquiere un destacado protagonismo por ser frontera natural entre moros y cristianos. Ello provoca continuas batallas, repoblaciones y destrucciones en un vaivén imparable de avances y retrocesos que dura hasta principios del siglo XI, cuando pasa definitivamente a manos castellanas. La Villa vivió uno de los momentos más brillantes de su dilatada historia en 1.187, con la decisión del rey Alfonso VIII de celebrar en San Esteban las que habían de ser las primeras Cortes de Castilla.

   

    Este protagonismo de San Esteban en la historia de la naciente Castilla, glorioso pero también terrible y lleno de sufrimientos, generó un cúmulo de leyendas en que los hechos realmente acaecidos se superponían a la verdadera Historia. Así pues, historia, leyenda y literatura componían un todo difícilmente diferenciable, que pervivía en la memoria popular a través de la tradición oral de los cantares de gesta, en donde es fácil hallar con frecuencia el nombre de San Esteban de Gormaz.

Leyendas más importantes acaecidas en San Esteban de Gormaz

El Vado de Cascajar
La afrenta de Corpes de las hijas del Cid
Las mujeres de San Esteban defienden la villa

El Vado de Cascajar

    Ninguna leyenda sobre San Esteban tiene la difusión de la del Vado del Cascajar. Recogida por primera vez por Alfonso X el Sabio en la Cantiga LXIII (1277), titulada "Cómo Santa María sacou de uergonna a un caualeiro que ouuer´a seer en a lide en Sant´Esteuan de Gromaz (sic), de que non pod´y seer polas suas tres missas que oyú", más tarde pasó a formar parte de la Primera Crónica General que el propio Rey Sabio mandó componer en 1.289. Desde entonces, la leyenda ha sido recogida por numerosos autores hasta nuestros días, con notables variantes y adiciones que han ido añadiéndose a la original.

    "Por junio del año 970, murió en Burgos, a los cuarenta años de gobierno, el primer Conde Soberano de Castilla Fernán González, guerrero audaz y afortunado, el más astuto y hábil político de su tiempo.

    Sin que pudiera evitarlo Garci Fernández, último hijo y sucesor de Fernán González, en junio del año 975, Galib atacó y taló los campos de San Esteban, rechazando a los cristianos hasta cerca de Langa y volviendo cargado el botín. El 14 de julio de 975 se dio noticia de esta victoria en las dos aljamas de Córdoba y de Azahara.

    Tres años después volvió el conde Don Vela, con su hueste, acompañando al ejército de Orduan, lugarteniente del primer ministro de Hixem II, que entró por tierras de Osma y San Esteban, con ímpetu arrollador, hasta que cerca de esta villa le derrotaron por completo, las tropas aliadas del conde Garci Fernández y el rey Don Sancho de Navarra.

  

    Acaso, en esta ocasión, y desde luego, por esta época, pudo tener lugar el esplendente milagro de San Esteban de Gormaz, que como un relámpago en las tinieblas, brilla un momento con glorioso resplandor en el sombrío cuadro del siglo X. Mientras Fernán Antolínez permanece en el templo rogando a Dios y asistiendo al santo Sacrificio de la misa, un mensajero divino, un ángel del cielo toma la figura del piadoso caballero y, esgrimiendo sus brillantes armas, derriba al jefe de los infieles en el paso del Vado de Cascajar."

Por Pelayo Artigas

    El Auto Sacramental de Calderón de la Barca, que trata sobre esta leyenda, se ha representado en San Esteban en tres ocasiones en el escenario mágico y grandioso de la escalinata del Rivero, siempre por actores aficionados del pueblo, pero con montajes espectaculares. Nos proponemos afianzar definitivamente las representaciones de La Devoción de la Misa en la tradición cultural y popular de nuestro pueblo, con la colaboración de nuevos actores, técnicos e instituciones en futuras representaciones que queremos lleguen a ser periódicas y regulares y que se traduzcan en un referente cultural permanente e ineludible para los de aquí y para los que nos visitan.

La afrenta de Corpes

    "¡San Esteban, San Esteban,
San Esteban de Gormaz!
Hay en tu historia una página
que no se debe olvidar:
    Doña Elvira y doña Sol,
dos modelos de bondad,
eran las hijas queridas
de Rodrigo el de Vivar.
    Las casaron en Valencia,
en magna solemnidad,
con dos hombres cuyos nombres
no quisiera mencionar,
por…cobardes, por…traidores,
por que con ruin falsedad
de Valencia las sacaron
so pretexto de admirar
las bellezas que posee
Carrión, su pueblo natal.
    Las sacaron de Valencia…
y, cuando iban a llegar
a esta tierra -tierra noble,
de honor y de lealtad-
las dejan abandonadas
en medio de un robledal
tras de haberlas insultado
y azotado sin piedad

    Su primo Félez Muñoz
las recoge; y sin tardar
las conduce a San Esteban
donde hallan consuelo y paz.
    ¡Muchas gracias, San Esteban,
San Esteban de Gormaz!
Tú curaste sus heridas;
tú les diste lumbre y pan;
tú mitigaste sus penas
con amor de caridad;
y cuando, restablecidas,
decidieron retornar
al abrigo generoso
del regazo maternal
despidiéndolas con lágrimas,
las quisiste acompañar
hasta Río del Amor
con entusiasmo cordial.
    Entusiasmo, amor, finezas,
que no se olviden jamás.
¡Bien se ve que eres Castilla,
San Esteban de Gormaz!"
  

Por Pedro Gamo

   Sin duda, estos versos de singular belleza muestran bien la hospitalidad de los sanestebeños, pero mejor que decirlo es ir y comprobarlo uno mismo. La leyenda que viene a continuación es una muestra de que no sólo los hombres saben luchar hasta la muerte:

Aquellas gestas heroicas
(Las mujeres de San Esteban defienden la villa)  

    "Era por aquellos tiempos de la Reconquista, siglo X. (…) El río Duero era la frontera de moros y cristianos, sus márgenes campos de lides y gestas gloriosas… Aquella villa es castellana y la siguiente mora. Allí la Cruz impera, un poco más allá es la Media Luna el blasón de los soldados.(…) Por aquellos días, los caballeros y soldados de San Esteban, luchaban con el Rey por otros campos castellanos. Llegando que fue tal hecho a oídos de moros, los de la villa enemiga se juramentaron no perder la oportunidad que se les brindaba, cobrándose con creces. Saquear, arrasar, pasar a cuchillo a los supervivientes… tal era su consigna. Consigna que llegó a los oídos de los pocos defensores de esta villa y de sus habitantes.

    Escaso era el número de soldados que guarnecían las murallas, pocos más para el revelo, y el resto ancianos, mujeres y niños. (…) El terror se adueñaba de la gente; salvación era muy difícil; todo era pesimismo y confusión. Así corrían las horas, cuando una idea comenzó a propagarse poco a poco: (…) fue una idea heroica, una idea sublime, idea de mujeres españolas, castellanas. Ellas vestirían petos y corazas, calarían la celada y empuñando espadas, lanzas y cuchillos, se arrojarían al combate y si por la fuerza no podían vencer, apelarían a la astucia, única solución del horroroso momento que les avecinaba.

    Ya se acercan los moros, ya llegan, vienen envueltos de nubes de polvo, rabiosos como perros, sedientos de sangre (…). Como una tromba se adentran por las calles en dirección a la plaza (…). No encontraban rastro alguno de ser viviente, (…) las puertas y ventanas de las casas estaban todas herméticamente cerradas, daban la sensación de abandono o huida. Los moros querían ahogarse en sangre y esto que sucedía comenzaba a inquietarles. (…) Aullando entraron en la plaza… igualmente desértica… vacía… Vacía hasta que una vez todos ellos estuvieron dentro de ella… ¡Comenzó la hazaña!

Salieron los primeros soldados centelleantes las espadas, un ruido ensordecedor retumbó por el espacio. (…) Las campanadas tocan a arrebato. Un clarín hiende el espacio en un frenesí de guerra… y mil voces mil veces, estallando en arrebatador enloquecer, gritan y maldicen: ¡Guerra al impío!, ¡Guerra al cobarde traidor!, ¡Ayúdanos Virgen del Rivero!, ¡Muerte!, ¡Muerte!, ¡A ellos!, ¡A ellos!. Tras los primeros que cayeran atravesados por los aceros invasores, nuevos voluntarios corrían prestos al morir. Era un incesante afluir de soldados, más, más soldados llegaban por todas partes, salían de todas las puertas, esquinas y rincones.

    (…) Los moros, aturdidos por tanta sorpresa, creyeron haber caído en una encerrona (…) Se encabritan los caballos, el pánico cunde entre sus filas y creyéndose acorralados por una fuerza ilimitada, depusieron las armas, entregándose vencidos. Acabada la batalla, en las murallas se lee una inscripción, roja como con sangre de moro, y bella como toda heroica decisión que decía: También las mujeres sabemos morir".

Por Víctor Manuel García Granell




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